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Etiqueta: sueño

INACEPTABLE NORMALIDAD

INACEPTABLE NORMALIDAD

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Todos los seres vivos somos configuraciones efímeras de las partículas que nos conforman, pompas de jabón deshechas en el aire, fogonazos fugaces de fuego fatuo, olas que rompen en el océano inmenso de la realidad, y poco más, aunque nos empeñemos en ser lo que no somos y en ambicionar lo que no puede ser.

Biológicamente, como ya sabía Aristóteles, la única posibilidad de sobrevivir a la muerte como especie, es la reproducción; y como personas concretas sobrevivimos temporalmente en los genes que siguen su camino en nuestros descendientes. Pero esa es la ruta de los genes, no el futuro que hemos perdido, pues incluso tal linaje tiene los días contados.

Subjetivamente, la vida es formidable y maravillosa en la medida que gocemos de componentes formidables que hacen dichosa la existencia, pero cuando se carece de ellos la historia personal puede convertirse en una frustración sin sentido cuya única solución inmediata y definitiva es la muerte.

Muerte del organismo que ha de ser valorada con normalidad en su dimensión de neutralidad moral, es decir, no tiene nada de bueno ni de malo, simplemente es consecuente a la vida, que nos devuelve al lugar de procedencia, con la naturalidad que amanecemos cada día a ella, sin recordar sueños de medianoche.

RACHEL CORRIE

RACHEL CORRIE

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Las matanzas en la Franja de Gaza nos obligan a recordar que un día como hoy de 2012 el juez Oded Gershon del Tribunal Superior de Haifa, dictaminó que la muerte de la joven activista norteamericana del Movimiento Internacional de Solidaridad, Rachel Corrie, fue un simple accidente del cual ella había sido única responsable, absolviendo al soldado israelí que conducía el bulldozer que aplastó a la joven en la Franja de Gaza el 16 de marzo de 2003.

¿Murió Rachel mientras los soldados judíos eliminaban arbustos en Rafah, para descubrir explosivos y destruir túneles por donde los palestinos pasaban armas desde Egipto hacia Gaza, como dijo el ejército israelí o murió al plantarse delante de un excavadora para impedir la demolición de la casa vacía utilizada para ocultar un túnel por los militantes palestinos?

La sentencia del juez no fue compartida por conciencia alguna, – ni siquiera para los responsables del asesinato -, condenando Amnistía Internacional la muerte de Rachel y pidiendo una investigación objetiva e independiente de los hechos, para aclarar si fue un accidente o una asesinato premeditado.

Todo se inició cuando Rachel con diez años de edad declaró su sueño ante los compañeros de 5º curso, en el colegio donde estudiaba, diciendo: “Mi sueño es parar el hambre antes del año 2000. Mi sueño es darles una oportunidad a los pobres. Mi sueño es salvar a las 40.000 personas que mueren cada día. Mi sueño es posible y se hará realidad si todos miramos hacia el futuro…”.

Y el comienzo del fin de Rachel tuvo lugar al concluir sus estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Evergreen, cuando se unió al Movimiento de Solidaridad Internacional, empeñado en resistir de forma no violenta a la ocupación israelí de las tierras palestinas.

El día de su muerte, Rachel se desplazó a Rafah para oponerse a las demoliciones, sentándose con un chaleco naranja frente a una de las casas que iban a demoler, asegurando varios testigos que era perfectamente visible para el soldado israelí que conducía la excavadora Caterpillar que le pasó por encima, horas después de escribirle a su madre: “Esto tiene que terminar. Tenemos que dejar todo y dedicarnos a que esto termine. No creo que haya nada más urgente”.

EL HURTADOR DE RECUERDOS

EL HURTADOR DE RECUERDOS

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El futuro, que está por llegar, no permite conjetura alguna, ni el filo de una navaja lo separa del presente, porque éste es puente inapreciable que une pasado y porvenir, obligándonos a vivir de lo que fuimos y a soñar con la vida anhelada tras el efímero telón del presente que se hace futuro al abandonarse en el pasado.

Las vivencias son, pues, el rastro que dejan en la memoria los momentos vividos en sucesivos presentes, tan fugaces como las chispas de los fuegos fatuos que siempre están por nacer en sus virtuales llamas, sustituidas sin tiempo para gozarlas por cenizas que les dan muerte súbita, apagando su luz.

Pugnan en nuestra mente los recuerdos por mantener la frescura del momento en que sucedieron los hechos vividos, pero su lozanía se marchita al soplo inclemente del olvido, cleptómano de guante negro que nos roba de la memoria entrañables imágenes, palabras, melodías y personas, que nos gustaría conservar intactas en la cisura de Rolando.

Mantenemos cierto equilibrio entre remembranzas y extravíos, hasta que la desmemoria del luto se lleva las evocaciones al archivo del sueño eterno, sin solicitar permiso para el traslado, ni permitir el acceso a la hermética zona del olvido, donde guarda este gran hurtador de recuerdos cada instante de nuestra vida.

No por voluntad propia olvidamos, ni por antojo nuestro recordamos lo que ya duerme en el olvido. Ese descuidero de oficio que hurta de la memoria lo que desearíamos conservar, limpiando evocaciones para dejar espacio a nuevas recordaciones que descansan con nosotros en la cabecera de la memoria.

Cuando el olvido se torna protector, nos devuelve la sonrisa. Cuando aleja el llanto de los recuerdos dolorosos, nos reconforta. Cuando elimina las causas del insomnio, nos permite soñar. Pero cuando intenta borrar la indeleble huella de los que se fueron, refuerza nuestro recuerdo.

En todo caso, este ladrón de recuerdos custodia nuestra memoria encriptada  en su seno con indescifrables claves, impidiéndonos el acceso a la historia personal de cada cual, por mucho esfuerzo que hagamos en recordar hechos de la vida pasada, protagonizados por nosotros, desmemoriados ya por voluntad del olvido.

Dejadme deciros que nuestra verdadera muerte llegará cuando las personas que amamos, nos olviden. Cuando dejen de convivirnos en el recuerdo y el olvido les impida reencontrarnos. Es entonces cuando ciertamente moriremos sin que nadie lo sepa porque el olvido hará enmudecer el milagro de revivirnos en la memoria.

ECHAR DE MENOS

ECHAR DE MENOS

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Sin cita previa ni aviso anticipado, se han apoyado en el alféizar de mi ventana recuerdos embalsamados en sepia verdecida por los años, llegados con vocación de permanencia y esperanza de resurrección, vivificada en atardeceres otoñales cargados de nostalgias redentoras, para advertirme de todo aquello que dejé abandonado en el tiempo al borde del camino,  obligándome a echar menos cuanto me hizo feliz en el pasado.

Tarea agridulce es revivir encuentros, abrazos, tertulias, viajes, canciones y copas nocturnas en domésticas estancias, con personas hoy alejadas por azares de la vida e infortunios irreversibles, que elevan mi ánimo y destilan suspiros ante el inevitable discurrir de la historia personal de cada cual.

Echo de menos las voces de los que partieron, la compañía de quienes no son aquello que fueron y el apoyo fiel de los desaparecidos. Echo de menos lo que fui y no volveré a ser, lo que tuve y ya no tengo, pero me estimula lo que espero alcanzar y todo lo que está por venir. Echo de menos hermosas historias compartidas, gozosas bienvenidas, lágrimas conmovidas, cunas adormecidas, nieves encumbradas, paraísos infantiles y eternas despedidas envueltas en amorosos pañuelos blancos.

Sabiendo que la realidad no fue como ahora la sueño revivida, porque es más fácil embellecer el pasado que predecir el futuro, mantengo la certeza en que la despedida eterna anticipe los golpes del badajo en las espadañas de la vida y la resurrección sea una quimera del catecismo.

Pero guardo todos los recuerdos felices en el rincón más profundo del alma, donde se refugia mi desconsuelo, cuando la vida se empeña en hacerme ir por caminos pedregosos y los cardos sustituyen los pétalos en los floreros, sin dar tiempo a que la esperanza en la resurrección ocupe el espacio que le corresponde, para redimirme del dolor de echar de menos.

Mantengo la certeza familiar y los besos de mis dioses embalsamados en la amarga certidumbre de saber que el mayor aprecio a las personas que amo cobrará superior fuerza cuando las eche de menos y lamente con dolor irredimible el tiempo perdido y las oportunidades de felicidad que desprecié junto a ellos, cuando estuvieron conmigo.

LUTHER KING TENÍA UN SUEÑO

LUTHER KING TENÍA UN SUEÑO


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Hoy se cumplen cincuenta años del sueño que Martin Luther King hizo público desde la escalinata del monumento a Lincoln con motivo de la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, expresando el deseo de que negros y blancos convivieran en paz con los mismos derechos.

Pidió justicia, describió los sufrimientos de la raza negra, exigió libertades, denunció las discriminaciones y exhortó a los manifestantes a continuar su lucha por los ideales que sustentaban el movimiento antirracista que lideraba.

Soñaba Martin que algún día sus hijos no fueran juzgados por el color de la piel; que los jóvenes blancos y negros convivieran sin prejuicios, que la sociedad se mantuviera unida y no hubiera discriminaciones. Soñaba que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, unieran sus manos y cantaran el viejo espiritual negro: «¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!»

Esto soñaba “el negro más peligroso para el futuro de la nación”, como decía un informe del FBI, a lo que Luther King respondió que su país era “el mayor proveedor  de violencia en el mundo”. Palabras redentoras pronunciadas poco antes de que una bala le destrozara la cara en Memphis.

PESADILLA

PESADILLA

La pesadilla de esta noche me ha traído el desconsuelo de olvidar en isla de frustración el sueño del Estado del Bienestar que había comenzado a ser realidad en España con tantos años de retraso. Sueño descuartizado a tijeretazo limpio y machetazo sucio, asestado por mano extraña, con la voracidad de buitres hambrientos.

Al despertar, descubrí que no había sido una pesadilla nocturna la causa de mi abatimiento, sino la espantosa realidad de un país que agoniza, sin que nadie acuda a practicarle la respiración asistida para librarle de una muerte segura.

Defunción provocada por mercaderes sin escrúpulos, usureros oportunistas, estafadores sin entrañas y especuladores de la pobreza. Todos ellos han dictado la sentencia de muerte, apoyados por una legión de líderes incompetentes, mediocres administradores y cobardes políticos, sometidos al mercado internacional y los intereses financieros.

Amarga decepción de lo que pudo ser y no fue. Penosa frustración de  ver como nos alejamos de la tierra prometida, mientras los dioses de barro permaneces acampados en el Sinaí de la riqueza, gozando de sueños que a todos pertenecen y disfrutando del milagro reservado a los vencedores. Los mismos que lucen toisones de oro en la solapa, muescas de abusos en la cartuchera y cuentas corrientes en paraísos alejados de la miseria que rodea a los eternos perdedores.