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EL RIESGO DE DISCREPAR

EL RIESGO DE DISCREPAR

El discrepante que vocea públicamente lo contrario a la opinión escrita en la peana de los patriarcas, corre el riesgo de acabar chamuscado en la hoguera, porque una de las asignaturas pendientes en este país es la incapacidad de los mandamases para aceptar críticas sinceras y honestas opiniones contrarias a las suyas.

Hoy se condena al discrepante, no se respetan voces ajenas, se imponen criterios con amenazas y se condena sin juicio a los opositores, porque no acabamos de aceptar palabras alternativas, impedidos por una prepotencia injustificada y sordera crónica, causas de la pandemia moral que se extiende por las cúpulas políticas, sociales, financieras y laborales.

En ellas se impone el sectarismo y son legión quienes declaran enemigos a los que no piensan como ellos, siendo tal actitud una forma sutil de inquisición que anula todo espacio para el encuentro, impide los acuerdos y cierra puertas al entendimiento.

Discrepar en este país tiene más peligro que caminar con los ojos vendados por un campo de minas, pues a la primera de cambio pintan con sangre de cordero el dintel de la puerta del discrepante, dejando claro que tiene más acogida el granuja adulador, que el crítico honrado.

Hablo del pensamiento divergente que acompaña a quienes ejercen el noble oficio de pensar, analizar la realidad y opinar sobre ella. Hablo de quienes refutan la autoridad, encausan arbitrariedades, contradicen al jefe, desvelan fechorías, impugnan decisiones injustas, condena abusos del amo, desatiende caprichos del director, rectifica al patrón o denuncia la incompetencia del poderoso.

Quienes realizan estas tareas han de estar dispuestos a recibir anatemas, a pagar el costoso tributo de la marginación, a sufrir venganza y a ser borrado de la fotografía por “moverse”, siendo estos críticos empujados hacia el despeñadero social por quienes van por la vida con un guijarro de la mano dispuestos a lapidar al primero que no esté de acuerdo con ellos, liquidando las discrepancias a sartenazos y colgando al disidente el sambenito, preludio de la pira inquisidora.

TELEFONOFILIA

TELEFONOFILIA

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Preocupa a los ciudadanos premodernos la pandemia vírica que expande sus tentáculos a través de radiaciones idiotizantes de frecuencia intermedia entre las bandas sonoras y las mudas microondas, emitidas por antenas alienantes y recibidas en seductores aparatos móviles contaminados de incomunicación.

Algunos estudios demuestran que las ondas “móviles” han multiplicado la reproducción “celular”, pero todas las investigaciones confirman la bipartición de los usuarios, fragmentados en dos mitades asimétricas unidas en el espacio corporal y alejadas espiritualmente en órbitas planetarias, con alteraciones en el ARN mensajero, por ruptura de sus enlaces comunicativos con el entorno físico donde se asienta el enfermo.

La historia social definirá esta época como la del “teléfono móvil”, no tanto por los servicios que este aparato comunicador facilita, cuanto por la ruptura comunicativa que promueve, cumpliendo la contradictoria tarea de sustituir el cara a cara y la palabra directa con los presentes, por el contacto virtual con los ausentes.

El GSM es una puerta abierta a la intimidad personal en cualquier lugar, a toda hora y sin permiso, donde acceden familiares, amigos, parientes, colegas y enemigos, algunos deseables, otros impertinentes, bastantes inoportunos y muchos a destiempo, mientras viajamos, trabajamos, yantamos, libamos o hacemos el amor, para robarnos momentos reservados que nos pertenecen.

El empleo juvenil de los celulares como elemento de comunicación, ha desterrado la palabra directa, pateado la ortografía, anulado el contacto personal, incrementado el gasto, reumatizado los pulgares y bloqueado las relaciones cercanas, sustituyendo el cálido diálogo personal por el frío deletreo de palabras en la pantalla virtual, haciendo realidad la predicción de Einstein cuando profetizaba que el progreso tecnológico nos incapacitaría para la interacción humana, creando una generación de idiotas.