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DEJÉMOSLOS EN PAZ

DEJÉMOSLOS EN PAZ

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A la pesadumbre sobre el futuro que soportan los jóvenes, se añaden pequeñas aflicciones provocadas por familiares y amigos con la mejor intención, pero cargadas de pretensiones inútiles porque los sufridores de las amables presiones harán con sus vidas lo que les parezca bien, ya que sólo a ellos pertenece, por mucho que algunos nos empeñemos en lo contrario.

Así, al joven soltero y sin novia se le requiere con insistencia la necesidad de tener una compañera; pero si la joven interrogada es mujer treintañera, la pregunta adquiere tonos de exigencia que van más allá de lo admisible, porque se les pasa el arroz. Sigamos.

En caso de estar cubierto el espacio amoroso por un acompañante, la pregunta se dirige a la fecha de boda entre machaconas sonrisas, hasta que se cumple el deseo de los preguntones, por libre voluntad de los contrayentes, claro.

¿Acaban ahí los interrogatorios?, pues no. Ahora toca preguntar por el hijo que no acaba de venir, hasta que el bebé llega al hogar, sin terminar de complacer con ello a los entrometidos, que insatisfechos con un solo infante, comienzan a demandar el segundo. Y si éste llega, requieren a la pareja el tercero, porque ya viene con el pan bajo el brazo, haciendo numerosa la familia.

El tercer grado amistoso-familiar se complica si el divorcio llama a la puerta, pues las respuestas a las preguntas hechas por los observadores recibirán inicialmente división de opiniones: la separación les parecerá bien a los parientes y amigos de una parte, y mal a los de la parte contraria. Y tiempo después, las actitudes que tome cada uno irán acompañadas de un gesto censor, porque si rehacen la vida con otra persona, algunos observadores dirán que ha sido demasiado pronto. Pero si se retrasan en el tiempo, el reproche vendrá porque están perdiendo oportunidades.

Dicho todo lo anterior, no queda a los sufridores otra opción que mandarnos a fabricar puñetas a todos los inquisidores que les aburrimos con nuestras preguntas, aunque los interrogatorios estén cargados de buenas intenciones.

Dejémoslos, pues, en paz, aunque nos resulte imposible.