INACEPTABLE NORMALIDAD

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Todos los seres vivos somos configuraciones efímeras de las partículas que nos conforman, pompas de jabón deshechas en el aire, fogonazos fugaces de fuego fatuo, olas que rompen en el océano inmenso de la realidad, y poco más, aunque nos empeñemos en ser lo que no somos y en ambicionar lo que no puede ser.

Biológicamente, como ya sabía Aristóteles, la única posibilidad de sobrevivir a la muerte como especie, es la reproducción; y como personas concretas sobrevivimos temporalmente en los genes que siguen su camino en nuestros descendientes. Pero esa es la ruta de los genes, no el futuro que hemos perdido, pues incluso tal linaje tiene los días contados.

Subjetivamente, la vida es formidable y maravillosa en la medida que gocemos de componentes formidables que hacen dichosa la existencia, pero cuando se carece de ellos la historia personal puede convertirse en una frustración sin sentido cuya única solución inmediata y definitiva es la muerte.

Muerte del organismo que ha de ser valorada con normalidad en su dimensión de neutralidad moral, es decir, no tiene nada de bueno ni de malo, simplemente es consecuente a la vida, que nos devuelve al lugar de procedencia, con la naturalidad que amanecemos cada día a ella, sin recordar sueños de medianoche.

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