EL OFICIO DE ESCRIBIR

Cuando en 1955 Gabriel García Márquez presentó a un editor argentino el original de “La hojarasca”, este “profeta” le dijo a Gabo: “Chaval, dedícate a otra cosa”, cometiendo un error del que estuvo arrepintiéndose hasta su muerte. Bien, pues espero no equivocarme tanto como este editor, diciéndole eso mismo al autor del libro cuya reseña se me ha encomendado.

Tal circunstancia me da pie a poner en alerta a los lectores de obras literarias sobre la literatuloidea que se difunde actualmente, obligándonos a distinguir el grano de la paja, en este tiempo en que proliferan escribidores, incompetentes “negros” mercenarios, copistas desilustrados, estafadores intelectuales y editoriales de libros interesadas solamente en la caja registradora, dejando a un lado la calidad literaria de las obras que publican.

No me refiero a las palabras gruesas, blasfemias o groserías descontextualizadas contenidas en algunos libros, sino a expresiones carentes de la mínimo nivel literario exigido para justificar la publicación de un libro con intención seudoprofesional, porque algunos de ellos contienen páginas indigeribles, impidiéndonos pasar del primer renglón, como es el caso del libro sobre el que debo informar.

Tales textos oscurecen la literatura por la escasez del vocabulario empleado y la vulgaridad del lenguaje exhibido, unido a errores ortográficos, repetición de nexos, chabacanería expresiva, pedestres descripciones, pobreza léxica, verbos polisémicos, sustantivos genéricos, redundancias, adjetivaciones inexpresivas y epítetos tópicos.

Forman este colectivo de escribidores quienes se pagan la edición de sus propias obras tras ser rechazadas por las editoriales; otros que han sido padres, han plantado un árbol y quieren completar la tercera pata del trípode con un libro que les dé vida perdurable; también se incluyen tertulianos y tertulianas rosadas que venden “polvos”, encamaciones, separaciones y arañazos familiares; uniéndose a ellos la legión de incompetentes literarios que dan su brazo derecho por ver las cuartillas que han emborronado en alguna estantería.

Tales escribidores ignoran que ser escritor es  tarea ardua, dura, sacrificada y difícil, muy difícil. Un escritor no se improvisa en horas veinticuatro porque demanda vasta erudición, incansables lecturas, talento creativo, dominio de la lengua, conocimientos gramaticales, instrucción ortográfica y, sobre todo, respeto a los lectores que van a dedicar su tiempo al libro, porque nada hay que valga más que el tiempo, ni despilfarro mayor que perderlo, engañando al lector con propuestas literarias encuadernadas que no merecen el tiempo, la atención, ni el gasto.

La creación literaria exige entrega, renuncia, sacrificio y trabajo. Requiere dejar las pestañas en páginas de otros libros, ocupar muchas horas investigando y desgastar las pupilas en la pantalla de un ordenador, buscando la perfección que García Márquez se exigía a sí mismo: “Repito el folio hasta que me sale impoluto. Sin ningún baile de caracteres y con la puntuación en su sitio. Un error de máquina o una tachadura es para mí un error de estilo que no me perdono”.

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